Una sociedad, ¿con o sin emociones?

Federica Mogherini

“La vicepresidenta que llora” era el titular de un periódico -en este caso el Ideal de Granada– con motivo de la comparecencia ante los medios de comunicación de la vicepresidenta de Comisión Europea, Federica Mogherini, que tuvo lugar tras los atentados de Bruselas del 22 de marzo. En dicha comparecencia, Mogherini -visiblemente emocionado- terminó derramando algunas lágrimas y se convirtió por ello en noticia de portada a nivel mundial. “Por primera vez en mi vida, mostré mi pena en público”.

En 2011 fue la ministra de Trabajo de Italia, Elsa Fornero, quién ocupó las portadas informativas a nivel global por un motivo muy similar. En este caso, el motivo de sus lágrimas era el Plan de Ajuste Económico que estaba presentando en rueda de prensa. En plena crisis económica, el gobierno de Mario Monti anunciaba los recortes a los que se iban a tener que someter los ciudadanos italianos y la ministra de Trabajo lloró cuando pronunció la palabra “sacrificio”.

 

Políticos: prohibido exteriorizar emociones “negativas”

La primera reflexión es evidente: si el hecho de que dos políticas muestren emoción en momentos como esos es noticia de portada, quiere decir que estamos construyendo una sociedad dónde nuestros representantes han de ser casi robots que se limiten a cumplir su función sin mostrar ningún tipo de emoción. Y en caso de hacerlo sobre todo que no sea una de las “negativas” (tristeza, miedo, etc). “Es la primera vez en mi vida que muestro mi pena en público”, decía la vicepresidenta de la Comisión Europea en un intento de pedir disculpas por su comportamiento.

¿Mostrar una emoción en público es motivo para pedir disculpas? Parece obvio que en la clase política sí. Y de hecho estos dos casos nos ejemplifican que un representante político que muestra tristeza se convierte automáticamente en noticia global. Pero no perdamos de vista que llorar es solo una expresión de una de esas emociones “negativas”. Resulta casi imposible imaginar que algún representante político mostrase “miedo” en público, dado que sería castigado socialmente de manera fulminante.

Lo paradójico es que en realidad todos sabemos que un representante político es una persona y que -como tal- tiene sus miedos y sus tristezas, pero no le permitimos que las muestre. Esto se vuelve más interesante si cabe en un momento en el que los ciudadanos estamos pidiendo a los políticos que se acerquen a nosotros. Ahora nos toca decidir si ese acercamiento se limita a que se quiten la corbata y publiquen sus cuentas o si -por el contrario- les vamos a permitir que muestren emociones sin penalizarles por ello.

 

Algunas razones: desde la educación a las creencias

El problema se agrava cuando comprobamos que ni mucho menos es la clase política el único sector al que no se le permite mostrar emociones “negativas”. Profesionales médicos, gran parte del periodismo y un largo etcétera de sectores. Tan largo es ese etcétera que parece una cuestión extendida por casi toda la sociedad.

Seguro que hay muchos motivos para haber llegado a esta situación. Entre ellos los tres siguientes:

1) Hemos sido educados en los colegios y universidades en base a un solo tipo de inteligencia: la académica. Esto nos ha convertido de forma mayoritaria en “analfabetos emocionales”. Sabemos cuáles con las emociones, pero desconocemos que información nos aportan, no siempre sabemos detectarlas correctamente y sobre todo no sabemos qué hacer con ellas. Todo esto no es nada malo, simplemente la situación actual. Para cambiarlo -que se puede- se trabaja como cualquier otro ámbito. Y de hecho en la sistema educativo ya comienza a hacerse, lo que constituye una excelente noticia.

2) Como consecuencia de lo anterior hemos aceptado socialmente algunas creencias tales como que llorar en público en un síntoma de debilidad. No analizamos la fortaleza de una persona en base a su trayectoria, a sus capacidades, etc, sino en base a lo que muestre en un momento determinado. Al margen de lo  discutible que resultaría esa asociación por la cual el llanto (o la tristeza) equivale a debilidad.

Y esto sí que es un grave problema, porque el mensaje que nos estamos mandando a nosotros mismos y a las siguientes generaciones es: “no importa tanto lo que haya dentro, sino lo que muestres por fuera”.

Implícito lleva que un momento concreto es suficiente para pisar una trayectoria completa, aunque éste probablemente es otro problema.

3) Y como consecuencia de todo lo anterior terminamos en un comportamiento poco natural, pero muy lógico: nosotros mismos nos limitamos a la hora de exteriorizar emociones. Lo hacen nuestros máximos representantes (no pueden salirse fácilmente de una creencia adoptada por toda la sociedad), pero es una cuestión que se acaba extendiendo a todos. Y, cuidado, no exteriorizar las emociones es una decisión, pero tiene varias consecuencias como que cada vez que nos esforzamos porque no se nos note una emoción, perdemos muchísima información de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor (en parte porque nuestra atención está en “domar” a la emoción que quiere mostrarse).

 

Las emociones no son buenas ni malas. Lo que sí son es necesarias

He aquí el punto clave. Si miramos todo esto desde la inteligencia emocional, podemos descubrir rápidamente que no existen las emociones “buenas” y las emociones “malas”. La razón es muy sencilla: todas las emociones nos aportan información que es muy relevante para nosotros mismos. Por eso necesitamos a todas las emociones.

Si entramos en las consideradas como negativas, observamos que por ejemplo la ira (o enfado) nos da información sobre dónde están nuestros límites. Con nosotros mismos y con los demás. Si te auto restringes esta emoción y no te permites enfadarte, no tendrás ni idea de tus límites con lo que eso conlleva.

En el caso concreto de la tristeza, que es de la que derivarían las lágrimas de las que hemos hablado, aparece cuando nos desalineamos de uno de nuestros valores más importantes o cuando perdemos o o intuimos que vamos a perder algo o alguien importante. Si volvemos al principio del artículo, podemos comprobar por lo tanto que el hecho de que ambas representantes políticas sintiesen tristeza en aquellos momentos era lo más natural.

La tristeza por lo tanto nos da pistas de que es lo más importante para nosotros. De ahí vienen expresiones como “no te das cuenta de lo importante que es algo hasta que lo pierdes”. En realidad no es la pérdida en sí (dado que hay pérdidas que no nos importan tanto), la tristeza que sentimos sí que es la que nos da la información. Y el grado en el que la sintamos nos dará también el grado de la importancia.

El caso de la pérdida es más obvio, pero cuando nos desalineamos con un valor importante para nosotros y viene la tristeza para avisarnos, nos cuesta mucho más identificar lo que está ocurriendo. Por eso es tan importante aprender a gestionar las emociones, para no quedarse enganchado a una emoción por no poder interpretarla.

Dejar que la tristeza nos dé información es por lo tanto una cuestión vital. Si no le dejamos hueco, perderemos la noción de lo que es realmente importante para nosotros. Viviremos desnortados.

 

Los beneficios del llanto

Solo hay que observar el lenguaje que utilizamos para evaluar la consideración que hacemos del llanto. “Se le escaparon algunas lágrimas” decía una de las noticias sobre Mogherini. “Escaparon”, como si no deberían salir, como si hubiese que evitarlas.

“No pudo evitar llorar” decía otra noticia sobre Fornero. La misma línea: utiliza el término “evitar” para hablar del llanto. Idea implícita: hay que evitar el llanto en público.

Pero si vamos un poco más allá con el análisis y sobrepasamos las cuestiones sociológicas, hay estudios que demuestran que tanto el llanto como la risa -las máximas expresiones de la tristeza y la alegría- tienen efectos muy beneficiosos porque liberan toxinas y reducen tensión.

En el caso concreto del llanto, un estudio realizado por el doctor William Frey del Saint Paul Medical Center de Minnesota (y referenciado asimismo en el libro “Entrena tu cerebro” de Marta Romo) demuestra que el llanto puede llegar a generar endorfinas. Y eso -ahora que sabemos que el cerebro no distingue entre el dolor físico y el emocional- acaba resultando equivalente a un analgésico.

 

El equilibrio

En resumen, todas las emociones son necesarias y por lo tanto hemos de dejarle espacio a todas. La dificultad como casi  siempre vendrá en la gestión. No debemos engancharnos a ninguna. Tampoco pasar a estar pendiente a cada momento, ¡nos volveríamos locos! Simplemente cuando creamos que es importante, dejarles el espacio adecuado, reconocerlas, saber interpretarlas y utilizarlas.

 

Las emociones, en efecto, no siguen un orden fijo. Antes bien, y al igual que las partículas del éter, prefieren revolotear con libertad y flotar eternamente trémulas y cambiantes. 

Yukio Mishima.

 

 

Fuente de la fotografía: https://www.flickr.com/photos/saeima/

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