Que no te limiten las etiquetas. El caso de Stephen Curry

Curry atendiendo a una entrevista en su primera temporada como profesional

Asistimos a la época del etiquetado exprés. Bastan 140 caracteres para que alguien quede definido eternamente. Para bien o para mal. Da igual el contexto o la trayectoria. En ocasiones -demasiadas- parece dar igual hasta la verdad. Es la época de la “infobesidad”, de leer “el titular y dos líneas”. La época dónde ver un Vine pronto será un exceso y leer una entrevista en Jotdown toda una epopeya. Ni hablamos de los hastags y de las #personas que #utilizan hashtags #en una #de cada #dos palabras. ¡Es el súper etiquetado! Vaya paradoja: en la época que menos se lee, nos ha dado por ponerle palabras a todo. O para ser más precisos, en la época que menos se profundiza. Ahí -en la profundidad- esté probablemente la clave.

Y en esto de etiquetar, como en otras tantas cosas, el deporte ha sido un verdadero adelantado. “Robben es un extremo habilidoso”. “Nibalí es un escalador puro”. O “Roger Federer un jugador de red”. Tres rápidos ejemplos de diferentes disciplinas. Falta precisamente aquello a que nos referíamos: el contexto, la profundidad. Las tres afirmaciones son ciertas, pero ocurre que estos deportistas -como ejemplo- son mucho más que lo que indica la etiqueta.

Es el consumo exprés. Mejor dos palabras que dos líneas. Es tal la moda de clasificar a los jugadores, ya no solo por posición, si no por debilidades o fortalezas, que hasta los propios videojuegos -tipo FIFA o NBA 2K- acompañan los cualidades numéricas de un jugador, de dos o tres etiquetas que lo definan. “Cañonero”, “motor”, “especialista defensivo” y un largo repertorio. También lo hacen todo tipo de guías deportivas.

Estas etiquetas tienen un afán descriptivo y agilizador. Pero al mismo tiempo llevan implícito una función limitante. Ejemplo: si tú lees que ha llegado a tu equipo de baloncesto un alero que es “especialista defensivo” automáticamente piensas que es un jugador muy limitado en ataque. Hay muchas de este corte.

Aplicado a la vida personal. La importancia del “estar” en vez del “ser”

Las etiquetas -y sobre todo cuando son limitantes- tienen un peligro manifiesto: el sujeto puede acabar creyendo aquello que reza la etiqueta. Y eso hace que el deportista en vez de expandir su juego lo vaya empequeñeciendo, pero cuidado porque pasa lo mismo en el plano personal.

Te invito a que te traslades un momento a tu día a día. Piensa en cuando alguien te dice en el trabajo que tu mayor cualidad es que te esfuerzas mucho. O que ocurre cuando alguien te dice que eres lento en el trabajo. O soso en tu vida personal. Lo cierto es que en el tipo de sociedad que vivimos le otorgamos una importancia desmesurada a lo que opinan los demás y a veces una etiqueta de este tipo puede degenerar en una creencia muy fuerte para la persona que marque parte de su comportamiento. Esto es como para tenerlo en cuenta.

Por una parte, cuando somos el “receptor” de la etiqueta deberíamos comenzar por restar importancia. Tanto si es positiva como negativa. Si realmente quieres saber que imagen tienen los demás de ti, hay muchas herramientas (tipo la Ventana de Johari) que te van a permitir hacer una aproximación. Pero insisto, no tienes que buscar fuera de ti para descubrir como eres.

Por otra parte, si eres el “emisor” de una etiqueta, aunque sea con toda la buena voluntad, lo que se recomienda es que no hagamos referencia al “ser” de la persona, que hagamos referencia a estados puntuales. Me explico. No es lo mismo charlar con un compañero de equipo y decirle que crees que está un poco distraído en los últimos entrenamientos, que decirle que es distraído. Todo lo que ataca a nuestro “ser” golpea siempre en la línea de flotación. Duele. Ahora piensa un momento la importancia de esto en una discusión de pareja por ejemplo.

La etiqueta que cayó sobre Curry

Llegados a este punto, te invito a retroceder conmigo al año 2009. Por aquel entonces las etiquetas ya funcionaban a las mil maravillas en la NBA, la liga de baloncesto de Estados Unidos. Y si había un momento del año dónde lucían en todo su esplendor era -y sigue siendo- con motivo del draft (la elección de los jugadores que entran en la Liga). En ese marco nuestro protagonista tenía la suya bien definida. Stephen Curry, procedente del Davidson College, era un “base tirador”.

De partida Curry llegaba a la liga con un apellido de peso. Su padre había sido uno de los mejores tiradores puros de la competición. Además su capacidad de anotación era alta muy alta, por lo que automáticamente se le incluía en el rango de jugadores ofensivos.

Ocurre que, aún siendo estas cualidades a priori muy positivas, en 2009 en la NBA todavía estaba vigente la creencia de que el juego se había vuelto muy físico y ya no había espacio para jugadores que no tuviesen un cuerpo debidamente preparado. Se valoraba el músculo por encima de la muñeca. Los datos así lo parecían indicar e incluso en la posición de base -dónde históricamente había primado tener una buena visión y un tiro exterior “aseado”- habían empezado a llegar bases tan importantes como físicos. De hecho, en 2008 habían llegado a la liga Derrick Rose o Russell Westbrook, y Rajon Rondo se había proclamado campeón dirigiendo a los Boston Celtics. Tres claros ejemplos.

El hecho es que la etiqueta de “base tirador” que tenía Curry llevaba implícita -tal y como reflexionábamos al principio- varias debilidades. Se trataría por lo tanto de un jugador sin un físico demasiado importante y con una visión de juego reducida, entre otros teóricos condicionantes. Quizás por estos motivos uno de los jugadores más influyentes de las últimas décadas fue seleccionado en el puesto 7 de aquel draft. Para al menos 6 equipos de la NBA pesaron más los matices limitantes. Sin embargo, los Golden State Warriors  se salieron de la creencia de que solo se podría ganar con jugadores físicos.

El resto es historia -viva- del baloncesto. Los Warriors son los actuales campeones y Curry el jugador más determinante del momento. El tiempo, el trabajo y la confianza de sus entrenadores y compañeros ha permitido a Curry demostrar que la etiqueta de “base tirador” no era justo del todo por limitante para un jugador capaz de asistir, de dirigir y lo más importante: capaz de dominar el juego desde sus fortalezas, sin auto-limitarse por ellas ni a ellas. Esa es la clave. El número 7 del draft de 2009 era mucho más que un etiqueta. Así lo creyeron los Warriors, pero sobre todo: así lo creyó él.

 

Fuente de la fotografía: https://www.flickr.com/photos/18246749@N08/

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